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La Crianza: Amor incondicional y límites con comunicación

Con pequeñas diferencias en los matices, en general, lo que los padres responden cuando se les pregunta qué quieren para sus hijos, la respuesta es que sean felices. Aunque puede parecer una definición amplia y sencilla, ponerlo en práctica en el día a día cuando estamos criando puede que no sea tan fácil. Entonces, ¿qué hay que hacer para educar bien a un hijo?

Lo que lo complica es que, como se dice popularmente, ‘los niños vienen sin manual de instrucciones’. Aunque los padres podemos utilizar algunos ingredientes básicos que nos garantiza el éxito de nuestra propia fórmula para educar bien a un hijo. Para que ésta sea efectiva, habrá que adaptarla a nuestra familia. Como si estuviéramos en un laboratorio, o probando una receta nueva o incluso lanzando un producto al mercado, para irla ajustando tendremos que probar, analizar, reajustar y volver a probar. Para ello es fundamental no tener miedo a equivocarnos, entender que podemos aprender de nuestros fallos y rectificar. Nos permitirá ser flexibles, ir evolucionando a medida que crecen y sus necesidades van evolucionando y transformándose en otras.

La receta para educar bien a un hijo recomendada por expertos 

Como los buenos productos, la crianza tendrá que tener unos muy buenos ingredientes, que serán la base irremplazable para unos buenos resultados. Al igual que los buenos productos no pierden su esencia, por más que evolucionen con el tiempo adaptándose a las demandas concretas del mercado. Así que la Receta para educar bien a un hijo incluye:

Amor incondicional

El principal pilar que les dará seguridad ante las dificultades de la vida es el amor incondicional. Tienen que sentirlo y saber que cuentan con él por nuestra parte. Hacerles ver que tienen nuestro amor independientemente de lo que hagan, sólo por ser ellos mismos es una forma de entender el amor incondicional. Esto para ellos se traduce en que pueden hacer algo mal, pero no por ello son malos. Pueden equivocarse, y no por esos errores dejan de ser perfectos como personas. Tal cual son, son queridos y aceptados.

Límites claros con empatía

Los niños que son criados sin límites, no pueden practicar la autodisciplina, ni la automotivación. Sin límites no hay respeto, por lo de afuera ni por lo de dentro. Es difícil explicar a alguien que nunca ha sentido lo que es el respeto a unas normas o reglas que las respete, ni que las ejerza. Por esto, aquellos que no son criados de esta forma tienen baja autoestima y poca resiliencia, por lo que se derrumban ante la primera dificultad. Para que los límites sean claros, debemos compartirlos y aceptarlos todos los miembros de la familia. Esto no quiere decir que sean ellos los que determinen los “topes”, sino que los consensuaremos y una vez negociados cada uno tendrá que respetarlo. Si son puestos con empatía, se sienten comprendidos, apoyados y conectados a sus padres. De esta forma entienden el respeto por el otro. Todos sabemos que son fáciles de saltar cuando uno no quiere respetarlos, por eso es necesario que ellos mismos sean quienes estén de acuerdo con ellos.

El esfuerzo es lo premiado

Uno de las mayores carencias que tienen los niños de esta generación es que no han tenido que ganarse las cosas. Les hemos acostumbrado a la gratificación inmediata, como cuando juegan a un videojuego. Se acostumbraron a que le demos una pantalla ante el primer grito de “me aburro”. Les hemos estado solucionando sus incomodidades sin darles a ellos la oportunidad de descubrir por ellos mismo cuál era la solución a sus problemas. Con esto, les resulta difícil poder comprender que los resultados dependen de un trabajo bien hecho. Esto es intentarlo hasta que se consigue el objetivo deseado. Nos encanta cuando “sacan” una buena nota pero no cuando “le ponen” una mala. Mejor es premiar el esfuerzo no la perfección ni los resultados, así aprenderán a que la constancia y la dedicación tienen su beneficio. La automotivación les empujará a seguir intentando las cosas y a no rendirse ante la primera dificultad. Fortalecer su autoestima y hacer frente al fracaso es clave para educar bien a un hijo.

Compartir buenos momentos

El tiempo vuela y los niños crecen. Antes de que lo pensemos ya estarán yéndose de casa. Si hacemos las cuentas, veremos que para influir en ellos tenemos muy poco tiempo. Como mucho unos 12 años, que se limitan a los fines de semana y las vacaciones. Entonces, ¿por qué no sacarle el jugo a esos momentos que compartimos? Estar junto a ellos durante su crecimiento los hará felices. Cuando estemos en casa juntos, aprovechemos para que vivan en los valores que consideremos importantes como familia. Creemos momentos compartidos inolvidables, momentos de verdadera comunicación donde contemos y escuchemos a los menores. Es maravilloso descubrir realmente cómo son, conocerlos individualmente y vincularnos a ellos. Si somos capaces de tratarlos como individuos podremos flexibilizar nuestra forma de instruir, para que nuestra fórmula pueda adaptarse a lo que cada uno necesita, apuntalando en donde más lo requieren y aflojando en los que se sobreexigen.

Porque, como demuestran los estudios, los padres que comparten momentos con su familia, ya sea en las comidas, en tareas del hogar, o en actividades dentro y fuera de casa, tienen hijos más estables emocionalmente. O sea, hijos más felices.

fuente: Blog de Nora Kurtin

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