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Leyenda Celta – Los Sidhe

Unas veces se sitúa más allá del Mar de Occidente y en otras ocasiones se extiende bajo los túmulos, los dólmenes y otros monumentos megalíticos. Aunque carecemos casi por completo de información relativa a los antiguos celtas continentales, los ciclos mitológicos de los celtas insulares, así como el folclore de los países del arco atlántico nos proporcionan información muy detallada y valiosa al respecto.

De este modo, si bien las variaciones son grandes dependiendo de la región o del mito, podemos clasificar a los Paraísos celtas en las siguientes categorías:
  • Los sídhe, esto es, aquellos montículos, ruinas, fuentes o lagos que sirven de refugio a las hadas.
  • Las Islas paradisíacas situadas más allá del Océano.
  • Annwn, el inframundo galés.

Los sídhe: las guaridas de las hadas

Tal y como nos relatan las tradiciones irlandesas, las hadas son descendientes de los Tuatha Dé Danann, antiguo pueblo irlandés que fue arrojado al inframundo tras la invasión de la isla por sus actuales habitantes, los gaélicos, que procedentes de España conquistaron Irlanda capitaneados por su caudillo Míl Espaine.

A los Tuatha no les quedó más remedio que refugiarse en los sídhe, nombre céltico que hace referencia a los montículos sobre los cuales se asientan los monumentos megalíticos, y del que deriva una de las denominaciones que reciben las hadas en Irlanda y las Tierras Altas de Escocia, daoine sídhe. De este modo, por toda irlanda circulan historias sobre Knocks (del irlandés Cnoc, colina hueca) en cuyo interior viven extensas comunidades feéricas gobernadas por un rey o una reina. Entre los sídhe más conocidos de Irlanda se encuentran Knockma, donde se sitúa el trono de Fínvara, mítico rey de las hadas de Connaught, y Newgrange, vinculado al mito de Angus Óg.

Los sídhe se manifiestan a los mortales en determinadas fechas, sobre todo en la noche del Solsticio Estival, que es cuando se los suele ver bailando en coro a la luz de la luna.

En Bretaña y en Asturias se conservan tradiciones similares. Así, en la mitología asturiana, son frecuentes los relatos acerca de mozos que vieron a grupos de xanas bailar en corro en torno a una de ellas, la reina de las xanas, también llamada Xana Mega. En torno al castro de Altamira, ubicado en la zona asturparlante de El Bierzo, circulan mitos que refieren la existencia de un gran reino subterráneo gobernado por una pareja de reyes y cuya entrada se encuentra en algún punto del castro. El paralelismo con las leyendas irlandesas es evidente.

Las islas del Mar de Occidente

Según las tradiciones de los pueblos del extremo occidental de Europa, más allá del Océano se encuentran las Islas del Paraíso, que son tierras habitadas por seres sobrenaturales donde están ausentes las penurias y las desgracias. En la tradición irlandesa la novena ola es la frontera que separa el ámbito mortal del Otro Mundo, coincidiendo de este modo con los rituales practicados en la playa de La Lanzada (Galicia), en la que las mujeres que deseaban concebir un hijo hacían golpear su cuerpo contra nueve olas sucesivas.

Las antiguas creencias célticas de Ultratumba




Muchos geógrafos de la Antigüedad clásica nos narran la existencia entre los celtas insulares de islas consagradas a dioses y héroes: Entre ellas se encontraba Anglesey (Mon), en la costa septentrional galesa, que era la isla sagrada de los druidas de Britania, las islas Scilly, donde se han encontrado restos arqueológicos de templos protohistóricos o algunas de las islas Hébridas, que según la tradición gaélica eran hogar de demonios y fantasmas y en una de ellas, Skye, fue educado el héroe Cúchulainn por la guerrera Scathach.

Las antiguas creencias de los galos al respecto aparecen recogidas por el historiador bizantino Procopio de Cesarea, que en el siglo VI narraba cómo en aquellos tiempos aún se creía que la tierra de la muerte se situaba al oeste de la isla de Gran Bretaña. Según los mitos galos, las almas una vez que habían abandonado su cuerpo se dirigían a la costa noroccidental de la Galia y allí embarcaban hacia la antigua Britania. Cuando querían cruzar el mar ánimas se dirigían a las casas de los marineros, en cuyas puertas picaban insistente y desesperadamente. Los marinos abandonaban entonces sus casas y llevaban a los muertos a su destino en unas naves fantasmagóricas.

Todavía hoy existen residuos de tales creencias en las tradiciones bretona e irlandesa. En la mitología de Bretaña, se da el nombre Bag An Noz (barca de noche) a las embarcaciones que se encargan de llevar las almas de los difuntos a su destino, y Anatole le Braz, en su libro La legènde de la mort, narra la existencia de procesiones de ánimas que se dirigen a puntos costeros de Bretaña como Landernau para desde allí iniciar su último tránsito.

En la costa septentrional de Galicia se sitúa el municipio de San Andrés de Teixido, donde existe una pequeña ermita consagrada a San Andrés y en la cual se conservan, según la leyenda, parte de sus huesos. Este santo estaba muy apesadumbrado por el hecho de que su tumba se encontrase en los confines de la tierra. Jesús le consoló entonces diciéndole: “No te preocupes, que tendrá que ir a visitarte todo el mundo, ya en vida, ya en muerte”. Y efectivamente, aún hoy se dice “A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo”, pues se piensa que los que no peregrinaron en vida lo tendrán que hacer tras la muerte en forma de serpiente o de lagartija, y por ello los peregrinos que se aproximan a la ermita tienen mucho cuidado en no pisar a ninguno de estos animales. Curiosamente, San Andrés de Teixido se sitúa en el Cabo Ortegal, un cabo donde según Tácito “cielos, mares y tierra se acaban”, es decir, se trataba de el fin del mundo. Esto ha hecho suponer a autores como Constantino Cabal que para los habitantes prerromanos del NO de la Península este lugar fuese junto con el Pico Sacro uno de los dos puntos de partida de las almas hacia las islas del Paraíso, y en este sentido la tradición maragata nos habla de la existencia una Peña de las Ánimas (identificada con San Andrés de Teixido) situada en el Mar de la Muerte, que es aquél que baña la costa septentrional de Galicia.

En definitiva, se trata de tradiciones que aún hoy testimonian de las antiguas creencias célticas en un Más Allá situado al otro lado de la Mar.

Tír na nÓg, la tierra de los bienaventurados

Dos denominaciones del Otro Mundo celta muy comunes en los ciclos mitológicos irlandeses son Tír na nÓg, la tierra de los bienaventurados, un lugar eternamente verde que fue visitada por el caudillo pagano Oisín junto con sus compañeros y que con posterioridad aparecería como lugar común en multitud de cuentos de hadas, y Mag Mell, la planicia del deleite, que según la leyenda está regida por el rey fomoriano Tethra, si bien en otras versiones su gobernante es el dios del mar Manannan mac Lir.

Tír na mBan, la tierra de las mujeres

Las islas del Paraíso asumen diversas formas y nombres dependiendo del relato y del país en cuestión. Entre ellas se encuentra Tír na mBan, la tierra de las mujeres, a donde partieron Bran mac Febal y sus compañeros y donde permanecieron junto con las hadas que la habitaban y su reina 300 años que les parecieron uno solo. Existen rastros, cristianizados eso sí, de este mito pagano en el periplo gallego de San Amaro, en cuyo relato del Paraíso Terrenal se describe la existencia de doncellas que bailaban y cantaban a través de los prados, siempre en torno a la más bella de ellas, la Virgen María.

El Paradisus Avium

El Paradisus Avium, el paraíso de los pájaros, constituye otro arquetipo mitológico del que existen versiones tanto cristianas como paganas. Según las antiguas creencias célticas, los pájaros pueden ser mensajeros del Otro Mundo: En un texto mitológico irlandés, la Enfermedad de Cuchuláinn (Serglige Con Culáinn), se narra el encuentro que dicho guerrero tuvo con varias de estas criaturas, y que inspiró la obra de Chaikovski El Lago de los Cisnes. Habiéndose reunido

Cu Chuláinn con sus compañeros para celebrar la festividad de Samhain, aparecieron repentinamente sobre un lago dos cisnes, uno de los cuales fue alcanzado por las flechas del héroe, a pesar de lo cual logró huir. Pero para desgracia del héroe, los pájaros resultaron ser sídhe, mujeres del Otro Mundo, que poco tiempo después regresaron al lugar y golpearon a Cu Chuláinn hasta dejarlo en estado catatónico durante un año.

El mito de los pájaros del inframundo se documenta entre los galos, donde era frecuente la advocación de Tarvos Trigaranos, que venía representado por la figura de un toro acompañado de tres grullas, y también entre los galeses, pues el Mabinogion nos habla de los pájaros de Rhiannon (diosa galesa de los caballos), que asentados en la bahía de Cardigan, son capaces de matar a los vivos y resucitar a los muertos con su canto.

Dichos mitos fueron cristianizados con posterioridad, como se puede constatar en las historias de San Brandán el Navegante y de Húi Corra, en las que se describe la existencia de una isla llena de árboles en cuyas ramas se posaban innumerables pájaros que resultaron ser ángeles caídos y que se unieron a los monjes de ambas expediciones en sus oraciones. Por su parte, el folclorista bretón, Anatole le Braz, recoge en su obra La legende de la mort chez le bretons armoricains la creencia en un paraíso cuya entrada está flanqueada por aves cantoras. La vinculación entre los pájaros y el paraíso está presente asimismo en el folclore de otros países de raigambre céltica, como el gallego, en el que es bien conocida la figura de Ero de Armenteira, un monje del siglo XII que pidió a la Virgen que le dejase ver, siquiera durante un instante, el Paraíso. La Virgen accedió a su petición y un día, cuando Ero paseaba por los alrededores de su monasterio, se quedó extasiado durante unos instantes contemplando el canto de un pajarillo, y al regresar a su monasterio cayó en la cuenta de que durante este en apariencia breve tiempo habían transcurrido 300 años. En Bretaña, existe una historia similar relativa al monje Yves, al que el abad de su monasterio mandó a buscar leña al bosque. Cuando llegó allí, se paró frente a un árbol comenzó a observar el canto de un pajarillo posado en una de sus ramas y embelesado por su canto, persiguió al ave durante todo el día. Al regresar al monasterio al anochecer los monjes no lo reconocieron, pues durante este breve periodo de tiempo habían transcurrido 300 años. Dicha historia fue recogida y utilizada en sus sermones por el obispo de París Marcel de Sully en el siglo XII.

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